De haberlo sabido en los 60,
los Báez se habrían vuelto obscenamente ricos, vendiendo ciertos fluidos
corporales de los varones de la familia. Timothy Leary —gurú de la psicodelia—
reporta en su libro que el tan cotizado ácido lisérgico —LSD— era sustituido en
aquella época por sangre y orina de paranoicos y esquizofrénicos que el
personal de los hospitales psiquiátricos vendía a precio de oro y que los adictos
consumían por vía intravenosa. Era un sucedáneo extremo del peyote, los hongos
y otras experiencias alucinógenas y de la misma forma que la anandamida
—componente activo de la marihuana— aparece diluida en el chocolate, las
endorfinas —hormonas que potencian la sensación de bienestar— no han logrado
sintetizarse mediante procesos químicos artificiales. Lo más cercano es el
mezcal, pero los delirios que genera resultan incontrolables, con el riesgo de
sufrir ataques de pánico recurrentes.
Luis Armando está loco y no es
una metáfora. Así como otros sufren depresiones y se suicidan a los cincuenta,
su demencia obedece a un desarreglo genético: uno o dos cromosomas díscolos
que, de generación en (de)generación, hacen cortocircuito azotando con
intermitentes descargas su existencia.
Para él es perfectamente normal
ver desequilibrarse a la gente. En su familia ocurre todo el tiempo. Primero
fue el abuelo Báez alucinando las 24 horas en voz alta. Después su padre, un
abogado prominente que abandona su práctica profesional en pleno auge, para
dedicarse a destrozar automóviles, confundiendo permanentemente la luz roja con
la verde, la derecha con la izquierda, el acelerador con el freno. Menos mal
que las finanzas familiares resistieron. Luego su hermano Iván, un walkirio que
es la viva imagen del músico Sting, volvía todas las noches fracturado o bañado
en sangre, argumentando golpizas de pandillas, caídas por escaleras
interminables o asaltos donde invariablemente él era la víctima. Antes de Iván,
Diego, el hermano más joven, no resistió la presión del bachillerato bajo el
notorio apellido paterno, con semejante historial de sobresaltos y excesos.
Las mujeres de la familia, al
parecer, no portan el germen de la insania. La madre, María Mercedes, es un
modelo de equidad a toda prueba. La abuela Lucrecia murió de pura vejez,
testigo lúcida entre siglos, aprisionada en un cuerpo solidario donde no cabían
más arrugas ni achaques. Amaya, la mayor de los Báez, honra un contrato
conyugal a dedicación exclusiva, muy bien casada la niña con el más próspero de
sus compañeros de clase, a la sazón, excelente atleta y pésimo estudiante. Sus
tres hijas hacen gala de una normalidad promedio, convenientemente apartados de
sus tíos y abuelo paterno. La señora de Padrón—Chirinos hace ya mucho tiempo
que dejó de usar su propio apellido. A conciencia.
—Recuerda que tú eres el peor
enemigo de ti mismo.—despide el psiquiatra, en cada una de sus sesiones, a Luis
Armando.
En la oficina, Natacha es la
única que se atreve a desafiarlo. "El loco", lo mientan todos a sus
espaldas. "Yo—yo, el supremo", satiriza Natacha. Y es que sorprende
el potencial cáustico que se desprende de la breve anatomía de esta diseñadora
gráfica que no renuncia a batallar cada jornada por "dignificar las
condiciones y el ambiente de trabajo".
—Coño, pasamos más tiempo aquí
adentro que afuera. Mis perros ya ni me reconocen.
—Niña, este tipo es un negrero.
La verdad, mejor me hubiera quedado en Cuba. Fidel, por lo menos, es simpático.
Pero este rubiecito es soberana mierda por donde lo mires.
—Y lo peor es que se aprovecha
de la necesidad ajena. Aquí es salario mínimo para todo el mundo. No puede
pagar menos y ponernos a trabajar más porque las leyes no lo dejan.
—Esto es una cárcel femenina.
Saca la cuenta: de 16 empleados, 12 somos mujeres.
—¡Ay, somos sus apóstoles!
—Luis Armando quisiera que
fuéramos sus magdalenas, porque este tipo es un degenerado.
—Bueno, mira como tiene
engañada a la pendeja de su esposa, tan buena gente que se ve, y él montándole
cachos con su hermana...
—¿Con la hermana de la señora
Claudia?
—Así mismo, con la cuñadita del
coño, con la coñadita. ¿Tú no te has fijado como la sinvergüenza esa viene por
las tardes y se encierran en la oficina? El señor Luis ordena que no le pasen
llamadas y al rato sale ella arreglándose el cabello y con la ropa arrugada.
—Dicen que ella fue novia del
loco antes que la señora Claudia. Y ninguna de las dos hermanas es fea. Y la
familia hasta tiene plata.
—Mira que acostarse con este
loco asqueroso tan desagradable y baboso, que nada más mirarte una siente que
te desnuda y te morbosea con esos ojos puyúos. ¡Ay, no, me dan ganas de
vomitar, qué asco!
—Oye, volviendo a lo de la
cárcel, yo estaba pensando que esto es... ¡un retén, un asilo, un correcional!
¿Te acuerdas de la serie de televisión aquella, Patrulla de Ratas?
—¡Más rata serás tú, mijita!
Durante un instante, mientras
se ríen, rompen con la resignación y el miedo imperantes, recobrando sus
encantos. Hasta que escuchan esa conocida y odiosa voz aflautada, irritante,
cargada de maledicencia contenida, que va ganando en decibeles y
sobresaturación de agudos.
—Cuando el gato sale, las
ratonas hacen fiesta.—Esta es una de las frases favoritas del léxico
empresarial de Luis Armando —Niñas, el recreo terminó hace tiempo. Vamos,
pónganse a ganar dinero.
—A ganar dinero para que tú
sigas comprándote apartamentos, haciendo negocios sucios y explotándonos.
—¿Qué susurras, Natachita?
—Que nuestro esfuerzo será
recompensado, amo, ahorita en diciembre, con las generosas utilidades y bonos
con que usted acostumbra obsequiarnos.
—¿Ves? Esa es la actitud, ese
es el espíritu, Natacha. Al fin estás creciendo. Al fin estás madurando y
haciéndote mujer. Si todas siguen así yo podría considerar repartir el uno por ciento
de las ganancias netas de la empresa entre todas ustedes. ¿Ah!
El accionista único de Murales
Báez & Asociados se marcha sin esperar respuesta. Sube hacia su oficina en
la planta alta desde donde domina todo el galpón con una mirada en derredor.
—¡Gracias, señor Luis, por su
infinita misericordia! —lidera Natacha en murmuración eclesiástica.
—¡Bendícelo, señor! —se escucha
el coro femenino en tono responsorial.
—Gracias, señor Luis, por su
bondad y sabiduría.
—Bendícelo, señor.
—Y líbranos del mal...
—Amén.
—Líbranos, señor, de todos los
Luises, pasados, presentes y futuros, como fue en un principio, ahora y
siempre, por los siglos de los siglos...
—Amén.
—Podéis ir en paz...
—¡Demos gracias al reloj!
La cultura corporativa Báez
contempla: recesos de diez minutos cada hora para usar el teléfono público del
pasillo externo, beber agua e ir al baño; jornada laboral de 44 horas semanales
hasta el sábado al mediodía y firmar una carta de renuncia voluntaria, con la
fecha en blanco, al momento de ser contratado.
—Todo está a la venta. —presume
Luis Armando refiriéndose a los concejales que tiene en nómina secreta para
obtener la permisología de las vallas que invaden la ciudad.
—Murales Báez forman parte del
paisaje caraqueño. Nuestras vallas son como la Billo's, el hotel Avila, la
plaza Altamira, el Sambil, el teleférico, íconos que se imponen y permanecen en
la memoria visual del consumidor.
—¡Voy a empapelar el país con
mis gigantografías! ¡Voy a inmortalizar mi nombre en la historia publicitaria
de Venezuela!
Báez tiene brotes de ingenio
que, sazonados por su gélido sentido de los negocios, justifican su bonanza:
Luis Art, como firma sus cuadros de gran formato salpicados de tonos rojos,
amarillos, verdes y gruesos trazos negros, instaló el sistema de vallas del
Metro y se inventó los carteles móviles: larguísimos camiones que recorren
lentamente la ciudad, a las horas pico, con publicidad adosada en todas partes.
Si una de estas gandolas atropellara a un transeúnte, éste alcanzaría a
identificar algún logotipo impreso en la parte inferior del vehículo, antes de
sucumbir aplastado. Otro chiste incunable del repertorio de ventas baeziano.
La cubana y Natacha hacen
apuestas por ver quién de las dos desarrolla la mayor capacidad de
desestabilizar a su patrón. Juegan a la crisis, a la dilación, al divide y
vencerás, al no te vas a enterar qué te golpeó. Total, a lo largo de la
civilización occidental, Maquiavelo siempre ha tenido antecesores y adeptos
consumados. La cubana le agrega pequeñas dosis de diurético y laxante
combinados al café negro sin azúcar que Luis Armando toma a borbotones. Natacha
lo llama desde el celular al teléfono directo y cuelga en el último segundo,
haciéndolo rabiar hasta la espuma. La cubana, mientras limpia, le cambia las
cosas de lugar en su escritorio, botándole papeles que lucen importantes.
Natacha le anota citas falsas en su agenda y le borra poco a poco los archivos
del disco duro. La cubana le saca el aire de sus cauchos y mantiene en el
congelador de su casa, cabeza abajo, una foto carnet de Báez cuando todavía no
se le caía el cabello.
Su modelo gerencial consiste en
presionar a todos —familiares, relacionados, clientes, empleados, proveedores y
amigos— hasta que revienten. ¿La metodología? ¡Insultos, chantajes, gritos,
vejaciones, amenazas, descalificaciones, hostigamiento! Violencia virtual, ya
que la física lo paraliza de miedo. El contacto cuerpo a cuerpo está limitado
al sexo, como otra práctica de dominación, para demostrar supremacía. Porque
todo el mundo, siempre, quiere joderlo. Sacar ventaja. Aprovecharse. Y él no va
a permitirlo, que ya hubo bastante de eso en el colegio. El vigila atento,
preparado, en guardia. Siempre listo, como en los scouts de donde lo botaron
por agredir a los más pequeños, por su crueldad con los animales y su
competitividad extrema, por el manejo de realidades paralelas que nadie más
percibía.
Luis Armando se mantiene a la
defensiva. Es agotador, pero no hay otra forma. Resulta estresante y se vive al
borde, pero hay que imponerse y dominar. Subyugar. Mentir. Falsear. Someter.
Avasallar. A todos. Siempre. En tensión constante. En alerta permanente.
Sobresaltado. Con taquicardia. Con esa incomodidad que no te deja. Con esa
insatisfacción que te acompaña. Con ese zumbido que te aúlla en los oídos. Con
la visión que se te ennegrece. Con la cara da animal salvaje que desfigura tus
facciones. Con la mandíbula que se te contrae y luego proyectas hacia adelante.
Con el dolor de cabeza que te presiona las sienes y te exprime las lágrimas.
Con esas ganas de joder a quien se te atraviese por delante. Con esa necesidad
que no entiendes de contrariar a la gente. Con ese mal humor que te asalta. Con
esa compulsión que te ordena estropearle la vida a cualquiera. Y es que te
sientes tan sólo y tan pequeño. Tan vulnerable. Tan desa(r)mado. Tan miserable.
Y tienes tanto, pero tanto miedo de terminar como tu abuelo, tus hermanos o tu
padre. Temes que ni los medicamentos ni los doctores puedan rescatarte.
—Las mujeres son más fáciles de
someter. Están acostumbradas a seguir órdenes. Mejor si no demuestran
iniciativa, aunque a veces haga falta. Son un rebaño de cagonas. Les pagas
sueldo mínimo, las regañas un día, las descalificas el otro. Les dices que hoy
se ven bien bonitas. Les adviertes que no vuelvan a vestirse así mañana. Les
regalas una pendejada en diciembre. Les prometes bonos para fin de año. Las
felicitas el día de la madre y les das libre el día de la secretaria. Y ellas
sonríen y te agradecen y se callan. Menos Ratacha.
Los contados hombres que
laboran para Báez son los estrictamente indispensables: el vigilante y los tres
obreros que operan las máquinas.
—Este equipo cuesta una bola y
no está asegurado, así que cuidado con una vaina. Si lo rompen lo pagan.
Hace tres años, un empleado
casi lo mata a golpe limpio. Tuvo que intervenir Goretti, su mano derecha a
tiempo completo, quien no tiene a nadie que la espere en casa. Luis alimenta su
predisposición policíaca y ella le rinde, al final del día, informes detallados
de las ausencias, impuntualidades y devaneos del personal. Un mediodía, la
cubana descubrió a la esbirro revisando las pertenencias de los empleados. El
dedo índice derecho de la lusitana aún no se recupera de la trampa caza-ratones
que Natacha colocó en una de sus gavetas, alertada por el pitazo de su
camarada.
Después de las últimas
elecciones, con el cambio intempestivo de los miembros de la cámara municipal,
fueron desmantelando una a una las vallas ilegales de Murales Báez, alcaldía
tras alcaldía, a lo largo de la ciudad. Como un virus, la maldición se propagó
por todo el territorio nacional.
Los anunciantes y sus
respectivas agencias de publicidad, respaldados por las organizaciones
gremiales Fevap y Anda, entablaron demandas por incumplimiento de contrato, con
medidas precautelares de prohibición de enajenación de bienes y posible
embargo.
Para evadir las acciones
legales, en medio de uno de los ataques de ira más escandalosos e incontrolables
de su vida, Báez se declara en quiebra y Natacha se lleva su computadora en
lugar de sus prestaciones.
Las sofisticadas impresoras,
rotuladoras, plastificadoras, pegadoras por ultrasonido y guillotinas
industriales de Murales Báez se desvanecen sin dejar rastros. Goretti las
custodia en otro galpón subarrendado por Luis Armando.
Natacha diseña páginas web
desde su casa, experta ahora en html, dreamweaver, flashpoint y demás hierbas
internetianas. Sus perros reposan a su lado con esa espontánea dignidad
reconfortante.
La Cubana trabaja de conserje
en un suntuoso edificio de Alto Prado. "La jodienda se diluye cuando son
muchos los que joden y yo me siento como la dirigente de un comité de barrio
allá en La Habana".
Como sobrevivientes de un campo
de concentración, el par de amigas no han perdido el contacto. Van al cine
semanalmente y se telefonean a diario.
Cuando Natacha se va a Los
Roques, Francisca —la cubana— se lleva los perros a su casa. Hölderlin y Verdi la asumen cual madre tutelar.
La cubana sigue manteniendo en
el congelador la foto de Luis Armando. Nunca se sabe. Cabeza abajo.